domingo, 12 de diciembre de 2010

Ayer finalmente fui a escuchar al grupo aquel. Emociona mucho más en vivo que en las grabaciones del Myspace. El recital era en un lugarcito en San Telmo del cual amé todo: los dueños, la casa, el nombre, las mesas, las fotos en la pared...

Tuve la mejor compañía. Uno de los -¿pocos?- argentinos con quienes puedo hablar sin parar durante horas y reír mucho que, aunque como buen porteño me preguntó si podía darme un beso la primera vez que salimos, no tuvo problema en aceptar que no y seguir saliendo conmigo como un ser humano. Fue una noche muy linda en la que dejé de lado por unas horas la asquerosa telenovela colombiana que ocupa mi mente y mi tiempo últimamente, de la que ya estoy completamente harta.

Al salir de ahí caminamos por la 9 de Julio hasta Avenida de Mayo y nos encontramos con el festival de la milonga: media noche, una tarima en medio de la avenida y muchas parejas bailando en la calle. Imperdible, nos sentamos a beber una Stella de litro y a seguir charlando hasta que la lluvia y la hora pusieron punto final.

Desperté angustiada por tener que resolver el temita de la vivienda una vez más (¡basta!), y pensando en los arreglos de la parte de violín que debo terminar para mañana...

Dos imágenes me rondan con insistencia últimamente:
Una, la necesidad de apoyarme en algo/alguien: un escalón, un brazo, una muleta, el alféizar de una ventana... no puedo sola. O sí -tengo que- pero me siento agarrada con las uñas y quien creí en un momento que estaba ahí, resultó siendo Scar en la espantosa escena de El Rey León.
Dos, unas ganas profundas -que también rozan la necesidad- de saltar al agua: correr, volar y hacer que explote la piscina con mi violento aterrizaje para luego sumergirme en eso. Meterne de lleno y de cabeza, hasta los pies.

Amen.