miércoles, 18 de mayo de 2011
lunes, 9 de mayo de 2011
viernes, 6 de mayo de 2011
AIR
No sé muy bien cómo explicar la sensación que me ronda pero me encantaría poder expresarla claramente. Para decirlo rápido y concreto es así: me estoy simplificando por estar complejizándome. ¿Se entenderá? La sensación exacta no -a menos que quien lee la haya sentido también- pero al menos la idea... Es como si de pronto todo lo que aprendo se conectara en mí por sí solo, sin que yo deba hacer los grandes esfuerzos que antes hacía para relacionar las informaciones dispersas que recibía. Es sencillamente así y entonces mi lenguaje se empieza a simplificar, mi cabeza se aclara y regreso a un modo de pensar que me lleva a plantear preguntas o a hacer afirmaciones sintiendo que tengo ocho años, mucha ingenuidad y ninguna vergüenza.
La cosa tiene que ver sobre todo con la curiosidad. Me lleno otra vez de curiosidad infantil, de ganas de entender el mundo. Un par de décadas después (un par de décadas de gente diciéndome lo que debía o no debía hacer, de atragantarme de prejuicios, negarme cosas inexplicablemente, de una extrema timidez y de querer ser invisible) me permito preguntar lo que antes no me atrevía a preguntar y hacer lo que antes no hacía. Tiene que ver con la maravillosa y extraña sensación de entrar a mi cuarto y saber que a nadie más que a mí le importa si tengo toda la ropa tirada en el suelo o si está impecable. De pronto no hay más juicio que mi juicio y se siente raro y libre y me invade una emoción de niña chiquita llena de ganas de sentir la adrenalina de descubrir-me en relación con lo externo.
Así, no me desgasto en aparentar o en recalcar mis habilidades mentales ni me esfuerzo por lograr un lenguaje adulto y complejo, ni me sumerjo en enredados y pedantes análisis de intelectualidades. Qué bien se respira entonces, qué levedad.
La cosa tiene que ver sobre todo con la curiosidad. Me lleno otra vez de curiosidad infantil, de ganas de entender el mundo. Un par de décadas después (un par de décadas de gente diciéndome lo que debía o no debía hacer, de atragantarme de prejuicios, negarme cosas inexplicablemente, de una extrema timidez y de querer ser invisible) me permito preguntar lo que antes no me atrevía a preguntar y hacer lo que antes no hacía. Tiene que ver con la maravillosa y extraña sensación de entrar a mi cuarto y saber que a nadie más que a mí le importa si tengo toda la ropa tirada en el suelo o si está impecable. De pronto no hay más juicio que mi juicio y se siente raro y libre y me invade una emoción de niña chiquita llena de ganas de sentir la adrenalina de descubrir-me en relación con lo externo.
Así, no me desgasto en aparentar o en recalcar mis habilidades mentales ni me esfuerzo por lograr un lenguaje adulto y complejo, ni me sumerjo en enredados y pedantes análisis de intelectualidades. Qué bien se respira entonces, qué levedad.
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