Pensándolo con unos días de distancia, me parece que lo que me quiso decir fue: "Me interesas menos que la mujer con quien salgo por desparche, de quien no estoy enamorado y que, aunque lo sabe, no me ha mandado a la mierda (no entiendo por qué)." o -en mis palabras- "Sos absolutamente irrelevante para mí pero si querés llamame, me da igual". O "Salí hace poco de una relación de siete años con una mujer difícil (las fáciles como ustedes me aburren inmediatamente)"... Y así podría continuar el ejercicio de leer entre líneas pero es muy doloroso.
Mi turno: ¡Pero qué dulzura! Sí, claro, yo también quiero ser tu amiga, gracias. (o "andate a la mierda").
jueves, 31 de marzo de 2011
miércoles, 30 de marzo de 2011
martes, 29 de marzo de 2011
lunes, 28 de marzo de 2011
domingo, 27 de marzo de 2011
sábado, 26 de marzo de 2011
Ese estado en que te dan ganas de acosar, de llamar, de trepar, de insistir, de estar, de saltarle encima, de abrazar, de correr, de jugar. Ese estadoresorte, estadofrenesí, estadoinquietud, estadonervioso, estadoduda, estadomariposa, estadoansiedad, estadoadrenalina. Te compras antifaces y maquillaje para disimular tus ganas de querer hasta el fondo; globos para ocupar todo tu aire en algo que no sea repetir su nombre; andas en bici para lograr velocidad sin saltar por la ventana; dibujas bichos con forma de mujer (de sexo de mujer); te invade un hambre que se convierte en sed y se te llena la panza de preguntas que no le haces ni a la pared. Eres un payaso de broma encerrado en una cajita suplicando que lo dejen salir.
viernes, 25 de marzo de 2011
martes, 22 de marzo de 2011
Hoy no me siento de dieciocho ni de treinta y cinco No quiero vivir ni aquí ni allá
No logro escribir -no quiero- lo que debo pero tampoco tengo ganas de callarme en blanco de hoja que me atraganta
Hoy duelo de ausencia de ausencias Miro por la media ventana abierta de proporción absurda y veo dos palomas que duermen al sol adornadas con cables de luz Una estira las alas en un gesto de gato desperezándose y otra vez se queda quietecita La otra me hace pensar en un obrero que duerme una siesta cálida después del almuerzo
Suena a lo lejos la máquina que Andrés dice que es un animal y que todos sabemos que no lo es aunque lo diga tan convencido
Hoy quiero destrozar el lenguaje y escribir como no se debe en donde no se debe
Pienso en Tomás González y entonces -como siempre- pienso también en papá Son inseparables Quiero leerlo
Quiero y Pienso Parece que no hay más Tan básica que soy
No logro escribir -no quiero- lo que debo pero tampoco tengo ganas de callarme en blanco de hoja que me atraganta
Hoy duelo de ausencia de ausencias Miro por la media ventana abierta de proporción absurda y veo dos palomas que duermen al sol adornadas con cables de luz Una estira las alas en un gesto de gato desperezándose y otra vez se queda quietecita La otra me hace pensar en un obrero que duerme una siesta cálida después del almuerzo
Suena a lo lejos la máquina que Andrés dice que es un animal y que todos sabemos que no lo es aunque lo diga tan convencido
Hoy quiero destrozar el lenguaje y escribir como no se debe en donde no se debe
Pienso en Tomás González y entonces -como siempre- pienso también en papá Son inseparables Quiero leerlo
Quiero y Pienso Parece que no hay más Tan básica que soy
sábado, 19 de marzo de 2011
Hay cosas a las que no me quiero acostumbrar
Durante mi vida he estado a menudo muy cerca de relaciones especialmente tormentosas durante largos períodos. Recuerdo sobre todo varios años del primer noviazgo largo de mi hermana (tan largo que para mí ha sido hasta ahora insuperable) en una época en la que vivíamos juntas y yo estaba en pleno desarrollo de mi conciencia a cerca de las relaciones de pareja. Como mamá viajaba mucho, era habitual que este susodicho se quedara a dormir en casa. Mi hermana era dueña del cuarto mediano y yo me había refugiado en el rincón más remoto de la casa, que originalmente estaba destinado por la arquitectura elitista a una esclava del siglo XX; era diminuto y en vez de puerta tenía una cortina pero a mí me encantaba (nótese mi vocación hippie o monacal).
Las discusiones podían empezar por cualquier nimiedad; el motivo -la chispa- era lo de menos, el fuego se prendía en cualquier parte. Poco a poco fui desarrollando una habilidad impresionante para desentenderme del asunto (en realidad esta habilidad había nacido tiempo atrás para evitar verme afectada por otra relación tormentosa con la que solía convivir, que no era de pareja); innumerables métodos para no escuchar los argumentos de uno u otro y una terrible intuición para adivinar cuándo empezaría la siguiente batalla... se sentía en el aire.
De aquella época data mi especial cariño por el dicho popular "mejor solo que mal acompañado", y también un par de decisiones y convicciones fundamentales a la hora de explicar mis posteriores relaciones de pareja (escasas y extrañas).
Debía yo tener alrededor de catorce o quince años cuando me prometí que jamás tendría una relación como la de mi hermana. A pesar de mi predilección por llevar la contraria y por la sana discusión producto de la duda metódica, no me gusta pelear. Los gritos me descompensan inmediatamente y me dejan en un estado nulo y escalofriado, parecido al que me produce presenciar un disparo o un accidente.
No he tenido más que un noviazgo largo, estable y enamorado (largo para mí, claramente no para mi hermana) y aunque decir que fue todo color de rosa sería ligeramente mentiroso, no fue -creo- una relación que se pueda tildar de problemática. En términos generales pasamos un buen rato y aunque alcanzamos a pasar un par de límites que deberían siempre respetarse, supimos poner un freno a esas tentaciones enfermizas.
Un tiempo más y varias personas pasaron antes de llegar a estar inmersa en una situación de pareja tormentosa. Entonces supe lo que era querer de verdad matar a alguien y al mismo tiempo no ser capaz de irse; detestar su forma de decir las cosas, sus ganas de pelear a las dos de la mañana, su crueldad, su gusto por la tortura y, no obstante, seguir durmiendo en la misma cama teniendo un sexo violento, impulsivo y finalmente insatisfactorio. A pesar de todo, la situación duró poco (de algún modo lo menos que podía durar); las promesas a la vida no se hacen en vano, tuve una gran escuela que me enseñó a identificar rápidamente y a escapar con vida de la manipulación masculina y confío en mi capacidad racional para salir de una situación patológica. Desaparecí.
Ahora me encuentro nuevamente con una pareja difícil que observo de cerca; recuerdo a mi hermana, recuerdo la tensión, recuerdo el olor y el espantoso color del cuarto que compartí con quien no debía. Procuro que la chica me caiga bien -y casi lo logra- pero la situación me molesta y ella, básicamente es la situación. Juego a adivinar cuándo se romperá nuevamente la cuerda que los sostiene en un equilibrio tenso e inestable y noto que no he perdido mi instinto; me pregunto si debería advertirle, nunca he sido buena para dar consejos y meterme en cosas que tengan que resolver otros. Por supuesto nada hago más que esperar y escuchar el tono evitando por completo entender el sentido de la discusión... Viene-viene-viene....... ¡PUUUM! y escapo.
Las discusiones podían empezar por cualquier nimiedad; el motivo -la chispa- era lo de menos, el fuego se prendía en cualquier parte. Poco a poco fui desarrollando una habilidad impresionante para desentenderme del asunto (en realidad esta habilidad había nacido tiempo atrás para evitar verme afectada por otra relación tormentosa con la que solía convivir, que no era de pareja); innumerables métodos para no escuchar los argumentos de uno u otro y una terrible intuición para adivinar cuándo empezaría la siguiente batalla... se sentía en el aire.
De aquella época data mi especial cariño por el dicho popular "mejor solo que mal acompañado", y también un par de decisiones y convicciones fundamentales a la hora de explicar mis posteriores relaciones de pareja (escasas y extrañas).
Debía yo tener alrededor de catorce o quince años cuando me prometí que jamás tendría una relación como la de mi hermana. A pesar de mi predilección por llevar la contraria y por la sana discusión producto de la duda metódica, no me gusta pelear. Los gritos me descompensan inmediatamente y me dejan en un estado nulo y escalofriado, parecido al que me produce presenciar un disparo o un accidente.
No he tenido más que un noviazgo largo, estable y enamorado (largo para mí, claramente no para mi hermana) y aunque decir que fue todo color de rosa sería ligeramente mentiroso, no fue -creo- una relación que se pueda tildar de problemática. En términos generales pasamos un buen rato y aunque alcanzamos a pasar un par de límites que deberían siempre respetarse, supimos poner un freno a esas tentaciones enfermizas.
Un tiempo más y varias personas pasaron antes de llegar a estar inmersa en una situación de pareja tormentosa. Entonces supe lo que era querer de verdad matar a alguien y al mismo tiempo no ser capaz de irse; detestar su forma de decir las cosas, sus ganas de pelear a las dos de la mañana, su crueldad, su gusto por la tortura y, no obstante, seguir durmiendo en la misma cama teniendo un sexo violento, impulsivo y finalmente insatisfactorio. A pesar de todo, la situación duró poco (de algún modo lo menos que podía durar); las promesas a la vida no se hacen en vano, tuve una gran escuela que me enseñó a identificar rápidamente y a escapar con vida de la manipulación masculina y confío en mi capacidad racional para salir de una situación patológica. Desaparecí.
Ahora me encuentro nuevamente con una pareja difícil que observo de cerca; recuerdo a mi hermana, recuerdo la tensión, recuerdo el olor y el espantoso color del cuarto que compartí con quien no debía. Procuro que la chica me caiga bien -y casi lo logra- pero la situación me molesta y ella, básicamente es la situación. Juego a adivinar cuándo se romperá nuevamente la cuerda que los sostiene en un equilibrio tenso e inestable y noto que no he perdido mi instinto; me pregunto si debería advertirle, nunca he sido buena para dar consejos y meterme en cosas que tengan que resolver otros. Por supuesto nada hago más que esperar y escuchar el tono evitando por completo entender el sentido de la discusión... Viene-viene-viene....... ¡PUUUM! y escapo.
lunes, 14 de marzo de 2011
A veces (hoy, por ejemplo) me parece que hemos perdido el juicio a la hora de otorgar a las cosas una posición en una escala de valores. Ya lo decía Enrique Santos Discépolo en aquel inolvidable tango de los años treinta:
- Hoy resulta que es lo mismo
- ser derecho que traidor,
- ignorante, sabio o chorro,
- generoso o estafador...
- ¡Todo es igual!
- ¡Nada es mejor!
- Lo mismo un burro
- que un gran profesor.
- No hay aplazaos ni escalafón,
- los ignorantes nos han igualao.
- Si uno vive en la impostura
- y otro roba en su ambición,
- da lo mismo que sea cura,
- colchonero, Rey de Bastos,
- caradura o polizón.
- ¡Qué falta de respeto,
- qué atropello a la razón!
- Cualquiera es un señor,
- cualquiera es un ladrón...
- Mezclao con Stravisky
- va Don Bosco y La Mignon,
- Don Chicho y Napoleón,
- Carnera y San Martín...
- Igual que en la vidriera
- irrespetuosa
- de los cambalaches
- se ha mezclao la vida,
- y herida por un sable sin remache
- ves llorar la Biblia
- junto a un calefón.
- Tal vez esto parezca contradecir mi asidua defensa de las libertades individuales, pero hay límites. Como decía mi profesor de matemáticas del colegio, no se pueden sumar camisas con pantalones; la falta de rigor científico y filosófico nos ha llevado a ponerlo todo en un mismo costal, a hablar de las cosas como si fueran lo mismo sin serlo. Al parecer los hombres de ciencias exactas son los que más fácilmente notan estas barbaridades que se cometen con conceptos y lenguajes y se agarran la cabeza en un gesto desesperado al oír hablar de arte cuántico o de un marco cartesiano de operaciones de coordenadas causa y efecto.
- Yo realmente creo en la importancia de la interdisciplinariedad y en lo productiva que puede ser la combinación de distintos campos de conocimiento, pero una cosa es esa y otra muy común últimamente es utilizar esta libertad para afirmar cosas sin sentido en un discurso que es tan vacío e incoherente como enredado y lleno de abusos terminológicos orgiásticos.
- Es sabido que la asociación mental no sigue siempre caminos que podrían parecer razonables. Hace unos días mientras comía sola un pedazo de pizza en un famoso lugar de Corrientes, imaginaba una posible conversación con un interlocutor cualquiera. Me pregunté entonces de qué podríamos estar hablando allí a esa hora, y observando el lugar se me ocurrió una gran cantidad de cosas a las que me remitía alguien, un detalle, un color, una forma o un sonido. Luego procedí a suponer qué podría decirme tal o cual persona de esas a las que conozco más o menos bien y así jugué un rato mentalmente. Seguro que si la conversación efectivamente hubiese tenido lugar, no habría seguido el curso imaginado, pero es fascinante hacer el ejercicio de adivinar las absurdas rutas mentales.
- Fue uno de esos caminos que aparentemente no tienen sentido el que me llevó a la reflexión anterior partiendo de una idea sencilla y trivial: hay cosas que parece que las mujeres hoy en día no podemos decir sin sentirnos traicionando la liberación femenina y la dignidad feminista... pero yo quiero decirlo igual. Por ejemplo me encanta la costumbre argentina -extendida sobre todo entre hombres que trabajan en la calle- de decirle a una chica que pasa "qué linda que sos" o de saludarte al pasar. La mayoría de las mujeres pasan de largo con mala cara o sin inmutarse, yo generalmente sonrío y devuelvo el saludo, ¿por qué no? Tampoco me ofende que al pasar frente a un teatro, un viejo que espera quién sabe qué me lance un "Te invito a cine, chiquita"; lo miro, me río y sigo de largo, alegre por esa interrupción absurda. ¿Qué es lo que tiene eso de malo o de abuso o de violencia sexual? Violencia es que te agredan, violenta es una violación o un golpe, no confundamos las cosas, no es todo lo mismo.
lunes, 7 de marzo de 2011
CRISIS
Carta a mamá que quizás no le envíe nunca:
Mama,
Estoy lejos de casa desde hace un año. Sé que no ha sido un año fácil para ti y tampoco para mí. Para ti porque se fueron tus dos hijas, cada una a un extremo del planeta, cada una hacia su lado tan lejano del centro ecuatorial. Para mí no lo ha sido porque me fui de casa por primera vez y tal vez "las cosas no cambiaron tanto" pero cambiaron. Hoy estoy llena de terror, llena de miedo de vivir porque me siento un tanto inútil para esta tarea que no elegí. El mundo real me da tres vueltas pero sobre todo me doy tres vueltas yo misma, incapaz de entender mis deseos, mis ganas, mis afirmaciones o negaciones; incapaz de saber si cuando digo "sí" en realidad quiero decir que sí o es una negación disimulada locamente. Mis intereses múltiples y desordenados se suceden frenéticamente como un juego de naipes y yo podría poner el dedo en cualquier parte y sacar una carta al azar que me indique una dirección pero no sé bien qué carta elegiría si pudiera.
Mi inteligencia "adaptativa" tiene el límite de mi capricho (porque algún límite ha de tener) y es terriblemente perezosa y cómoda. Voy hasta donde parezco hacerlo todo perfectamente y cuando la cosa empieza a hacerse difícil o aburrida o incómoda le doy una patada en el culo y me largo a correr. Abro todas las puertas y no entro en ningún cuarto porque me da miedo que me encierren con llave... No en vano mi obsesión arquitectónica por la arquitectura que se puede recorrer sin fin, por las cintas, por las figuras geométricas imposibles, por Escher... Lo que en el fondo sucede es que me creí el cuento de la vocación y no la encuentro en mí y me odio por eso. No puede ser que sea capaz de hacer cualquier cosa excepto escucharme a mí misma; ese inculcarme una disciplina militar mezclada con la más absoluta autonomía -el campo de concentración hippie o el régimen comunista- generaron en mí el terror de saberme hábil para (casi) todo y no saber hacia dónde apuntar, como un cazador desubicado por tantas liebres que corren frente a él simultáneamente y quien no encuentra más opción que disparar como loco sin dirección, a ver si la bala pega en algún punto útil.
Pero esta situación más o menos se va acomodando, va mejorando, voy encontrando poco a poco lo que me mueve y me produce más placer. Problemas diferentes son otros dos, uno rítmico y otro esencial que me hacen incompatible con el mundo de hoy (léase con la sociedad colombiana de principios del siglo XXI).
El segundo es mi completa dificultad para aceptar la autoridad... insuperable -creo-, excepto por mi padre. Sencillamente no soporto que alguien pretenda estar por encima de mí, no soporto entregar mi tiempo a una persona con quien no me identifico plenamente o a quien no le creo lo suficiente. El empleo es una forma de esclavitud y la esclavitud es un gran absurdo humano.
El primero, lo rítmico, consiste en no manejar los mismos tiempos, es decir, los tiempos que se supone (según no sé quién) que las cosas duran. Porque el tiempo es plástico o elástico aunque hayamos decidido empaquetarlo.
Todas estas condicionantes que hacen difícil para mí vivir en la sociedad de hoy no son -creo- problemas en sí mismo, pero son problemas porque estoy inmersa en un presente y en un sistema que devora. Pero, sobre todo, en un imaginario que devora.
A veces me pregunto por qué no habré nacido treinta años después, a veces me pregunto por qué no tengo el valor de imponer mi forma de ver las cosas y mandar a volar ciertas convenciones pero estoy todavía llena de miedo: llena de miedo de escucharme, llena de miedo de no tener dinero, llena de miedo de vender mi tiempo al "lado oscuro", llena de miedo de no poder sostenerme por mí misma, llena de miedo de no volver a encajar nunca más en una sociedad (en la que, por lo demás, no creo que alguien encaje realmente).
Y así, no soy más que un manojo de contradicciones indisolubles: amo estudiar y odio las universidades; amo la disciplina en la más completa autonomía; amo lo inútil en una cultura utilitaria; amo el proceso en una cultura de productos, el recorrido en una cultura de metas; amo la interdisciplinariedad en el mundo de la especialización.
Mama,
Estoy lejos de casa desde hace un año. Sé que no ha sido un año fácil para ti y tampoco para mí. Para ti porque se fueron tus dos hijas, cada una a un extremo del planeta, cada una hacia su lado tan lejano del centro ecuatorial. Para mí no lo ha sido porque me fui de casa por primera vez y tal vez "las cosas no cambiaron tanto" pero cambiaron. Hoy estoy llena de terror, llena de miedo de vivir porque me siento un tanto inútil para esta tarea que no elegí. El mundo real me da tres vueltas pero sobre todo me doy tres vueltas yo misma, incapaz de entender mis deseos, mis ganas, mis afirmaciones o negaciones; incapaz de saber si cuando digo "sí" en realidad quiero decir que sí o es una negación disimulada locamente. Mis intereses múltiples y desordenados se suceden frenéticamente como un juego de naipes y yo podría poner el dedo en cualquier parte y sacar una carta al azar que me indique una dirección pero no sé bien qué carta elegiría si pudiera.
Mi inteligencia "adaptativa" tiene el límite de mi capricho (porque algún límite ha de tener) y es terriblemente perezosa y cómoda. Voy hasta donde parezco hacerlo todo perfectamente y cuando la cosa empieza a hacerse difícil o aburrida o incómoda le doy una patada en el culo y me largo a correr. Abro todas las puertas y no entro en ningún cuarto porque me da miedo que me encierren con llave... No en vano mi obsesión arquitectónica por la arquitectura que se puede recorrer sin fin, por las cintas, por las figuras geométricas imposibles, por Escher... Lo que en el fondo sucede es que me creí el cuento de la vocación y no la encuentro en mí y me odio por eso. No puede ser que sea capaz de hacer cualquier cosa excepto escucharme a mí misma; ese inculcarme una disciplina militar mezclada con la más absoluta autonomía -el campo de concentración hippie o el régimen comunista- generaron en mí el terror de saberme hábil para (casi) todo y no saber hacia dónde apuntar, como un cazador desubicado por tantas liebres que corren frente a él simultáneamente y quien no encuentra más opción que disparar como loco sin dirección, a ver si la bala pega en algún punto útil.
Pero esta situación más o menos se va acomodando, va mejorando, voy encontrando poco a poco lo que me mueve y me produce más placer. Problemas diferentes son otros dos, uno rítmico y otro esencial que me hacen incompatible con el mundo de hoy (léase con la sociedad colombiana de principios del siglo XXI).
El segundo es mi completa dificultad para aceptar la autoridad... insuperable -creo-, excepto por mi padre. Sencillamente no soporto que alguien pretenda estar por encima de mí, no soporto entregar mi tiempo a una persona con quien no me identifico plenamente o a quien no le creo lo suficiente. El empleo es una forma de esclavitud y la esclavitud es un gran absurdo humano.
El primero, lo rítmico, consiste en no manejar los mismos tiempos, es decir, los tiempos que se supone (según no sé quién) que las cosas duran. Porque el tiempo es plástico o elástico aunque hayamos decidido empaquetarlo.
Todas estas condicionantes que hacen difícil para mí vivir en la sociedad de hoy no son -creo- problemas en sí mismo, pero son problemas porque estoy inmersa en un presente y en un sistema que devora. Pero, sobre todo, en un imaginario que devora.
A veces me pregunto por qué no habré nacido treinta años después, a veces me pregunto por qué no tengo el valor de imponer mi forma de ver las cosas y mandar a volar ciertas convenciones pero estoy todavía llena de miedo: llena de miedo de escucharme, llena de miedo de no tener dinero, llena de miedo de vender mi tiempo al "lado oscuro", llena de miedo de no poder sostenerme por mí misma, llena de miedo de no volver a encajar nunca más en una sociedad (en la que, por lo demás, no creo que alguien encaje realmente).
Y así, no soy más que un manojo de contradicciones indisolubles: amo estudiar y odio las universidades; amo la disciplina en la más completa autonomía; amo lo inútil en una cultura utilitaria; amo el proceso en una cultura de productos, el recorrido en una cultura de metas; amo la interdisciplinariedad en el mundo de la especialización.
La respuesta a la pregunta de la entrada anterior:
Principalmente porque me cuesta comunicarme y no sé si es una cuestión cultural o personal. Me harta esa costumbre de querer demostrarte todo el tiempo lo copados que son y es como si no supieran qué hacer cuando tú no respondes igual, cuando te da lo mismo si el otro se da cuenta o no en la primera media hora de conversación de lo copada que eres. Y tú (o sea yo) en el fondo sólo quisieras que quiera verte otra vez, que te llame, que quiera ser tu amigo o tu amante o tu todo o algo; que te invite sinceramente a tomar un café o una cerveza y no se ofenda si cuestionas, si preguntas, si contradices o si halagas. Sólo quisieras producir en el otro curiosidad más allá de tu condición extrajera, más allá de tu condición de chica aceptable para meter en la cama, más allá de la frenética competencia por ver quién habla más y quién se vende mejor en tres minutos.
Más o menos eso se hila en mi incoherente hastío que me lleva a pensar un festivo de mierda que soy bastante antisocial o bastante paranoica.
Es como que no se dan la oportunidad de descubrirte... y claro, tampoco tendrían por qué (pero me dan ganas de llorar).
Principalmente porque me cuesta comunicarme y no sé si es una cuestión cultural o personal. Me harta esa costumbre de querer demostrarte todo el tiempo lo copados que son y es como si no supieran qué hacer cuando tú no respondes igual, cuando te da lo mismo si el otro se da cuenta o no en la primera media hora de conversación de lo copada que eres. Y tú (o sea yo) en el fondo sólo quisieras que quiera verte otra vez, que te llame, que quiera ser tu amigo o tu amante o tu todo o algo; que te invite sinceramente a tomar un café o una cerveza y no se ofenda si cuestionas, si preguntas, si contradices o si halagas. Sólo quisieras producir en el otro curiosidad más allá de tu condición extrajera, más allá de tu condición de chica aceptable para meter en la cama, más allá de la frenética competencia por ver quién habla más y quién se vende mejor en tres minutos.
Más o menos eso se hila en mi incoherente hastío que me lleva a pensar un festivo de mierda que soy bastante antisocial o bastante paranoica.
Es como que no se dan la oportunidad de descubrirte... y claro, tampoco tendrían por qué (pero me dan ganas de llorar).
hoy...
me tienen harta los argentinos me tienen harta los argentinos me tienen harta los argentinos me tienen harta los argentinos me tienen harta los argentinos me tienen harta los argentinos me tienen harta los argentinos me tienen harta los argentinos me tienen harta los argentinos me tienen harta los argentinos me tienen harta los argentinos me tienen harta los argentinos me tienen harta los argentinos me tienen harta los argentinos me tienen harta los argentinos me tienen harta los argentinos me tienen harta los argentinos me tienen harta los argentinos me tienen harta los argentinos me tienen harta los argentinos me tienen harta los argentinos me tienen harta los argentinos me tienen harta los argentinos me tienen harta los argentinos me tienen harta los argentinos me tienen harta los argentinos me tienen harta los argentinos me tienen harta los argentinos me tienen harta los argentinos me tienen harta los argentinos
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