Resulta divertido -aunque un poco desalentador también- comprobar que la arquitectura es la arquitectura y los arquitectos son arquitectos "aquí y en Cafarnaúm
*".
Ayer estuve en la oficina de uno. No lo conocía pero alguien me dio su correo y le escribí -un poco en busca de trabajo pero también porque está bueno conocer el medio.
Llegué y tuve que esperarlo un montón (seguro estaba haciendo alguna cosa importantísima). La secretaria, por fortuna, era muy amable. En el mismo lugar -dos pisos- parecía haber 7 u 8 oficinas. Los nombres de los arquitectos se veían en el lugar de la correspondencia y de vez en cuando entraba o salía uno. Un par me saludó, los otros pasaron de largo o me miraron sin mucha curiosidad. Yo esperaba leyendo y me parecía que reinaba ahí un ambiente de aburrimiento profundo.
Al fin llegó aquél. Un hombre de unos 50 o 55 años, envejecido un poco prematuramente. Se disculpó por la demora y me hizo seguirlo rápidamente a su oficina en el segundo piso, al fondo del corredor. No había nadie. Dijo que generalmente iban dos o tres pasantes a ayudarle pero, como era lunes, habían zafado.
Una oficina mediana, dos computadores, una mesa con un par de maquetas, planos y proyectos en las paredes, algunos libros. Nada impresionante. Empezó a decirme que en realidad trabajo no podía ofrecerme. Que los pasantes que tenía no eran pagos y además yo estaba apenas en tercer año, así que iba a ser muy difícil conseguir algo. Dijo que tampoco tenía mucho trabajo pero que si quería pasar a la oficina a ayudar era bienvenida. Lo rodeaba un aire de fracaso, como el de tantos arquitectos que conozco. Como si tuviera escrito en la frente: "me hubiera gustado ser mucho más de lo que soy". Me contó que había estado varias veces en Bogotá, que le gustaba mucho y que había pasado unos tres años atrás por mi universidad pero no tenía conocidos allá, sólo en universidades privadas. Le ofrecí contactarlo con alguien si algún día regresaba y me agradeció con un tono de fingido interés.
Luego le pregunté sobre la cátedra. Me había dicho que era profesor en una, justo en la que yo debo ver, entonces merecía la pregunta. Me mostró un libro del año pasado que celebraba no sé cuántos años del taller. Tenía algunos proyectos de los profesores y otros de estudiantes de varios años. Lo miré disimulando débilmente mi falta de emoción al respecto: vivienda multifamiliar, intervención urbana, una facultad de arquitectura... Lo de siempre. Me preguntó si la escala era la misma en el tercer año en Bogotá y le respondí que sí -preguntándome si en algún lugar la cosa será distinta.
Luego volvió al tema del trabajo y se disculpó una vez más por no poder ofrecerme nada.
-Igual les queda muy difícil cuando vienen-, advirtió, tratando de convencerme de que era mejor concentrarme en los estudios. Le pregunté qué quería decir con vienen y me explicó que parecía que la UBA era más exigente que las universidades colombianas. Yo no respondí, pensando que de todas maneras la Nacional tiene fama de ser mucho más pesada que las privadas así que quizás no me de tan duro.
Finalmente le agradecí, agotada y con ganas de irme, pues su indirecta y vieja manera de coquetear ya me tenía un poco harta, aunque entendía que lo hacía casi inconscientemente porque es un arquitecto más y un viejo más. Le pregunté cómo llegar a la FADU, le sugerí que me llamara si tenía algún concurso que hacer y salí a caminar nuevamente por Belgrano, disfrutando de las calles llenas de árboles altísimos.
Mi falta de interés arquitectónico ya no encuentra excusas. No, no es la escuela.
Para el curso de escenografía debo hacer un trabajo sobre Casa Tomada, de Cortázar. Nos pidieron que lo leyéramos no más de dos veces y en una hoja de papel plasmáramos lo que nos hacía sentir. Yo lo leí y reflexioné un momento. Ante todo era claustrofobia pero había algo más que no lograba descifrar. Finalmente caí en cuenta: era aquél sueño que tenía una y otra vez de pequeña. Un sueño que nunca he sido capaz de describir completamente: una presencia y una voz que no dice nada, sólo emite un sonido continuo, lento y gutural. La angustia que me producía era asfixiante. Nada histérico, nada de pánico pero sí un desespero profundo.
El cuento, el sueño y la arquitectura, tres situaciones en las que triunfa aquel ser burlón y maligno que me observaba -sin tener cara- con una sonrisa cínica, pasiva y pervertida.