Todo el misterio del placer en el cuerpo de una mujer yace en la intensidad de la pulsación que procede del orgasmo. A veces es lenta, una -dos- tres, tres palpitaciones que entonces, proyectan un licor ardiente y helado al mismo tiempo que se expande por todo el cuerpo.
Si la palpitación es débil, sorda, el placer es como una ola que se extiende suavemente. La vaina del éxtasis estalla con más o menos energía; cuando es muy elevada, su vibración recorre todos los nervios y todas las células, se transmite a todas y cada una de las porciones del cuerpo. Si la palpitación es intensa, el ritmo y el tiempo son más lentos, y el placer es más duradero. Como flechas de carne elecrizante, una segunda ola de placer se sobrepone a la primera y, acto seguido, una tercera que roza las fibras nerviosas, y ahora, ésta recorre el cuerpo entero igual que una corriente eléctrica. Un arco iris de colores queda estampado en los párpados. Una espuma musical invade los oídos. Es el gong del orgasmo. Algunas veces la mujer sólo siente su cuerpo como si fuese un instrumento tocado con sordina. Otras veces, en cambio, alcanza un clímax que parece que jamás podrá ser sobrepasado. ¡Son tan variados los clímax! Algunos son causados por la ternura, otros, por el deseo, y los hay que son fruto de una palabra o una imagen percibida durante el día. A veces el día mismo exige un clímax, días de sensaciones acumuladas y de sentimientos inexpresados. Hay días que no culminan en un clímax, cuando el cuerpo está dormido o sueña otra clase de sueños. También hay días en que el clímax no es placentero, sino que es dolor, celos, terror, angustia. Y hay días en que el clímax se manifiesta en la creación: un clímax blanco. La revolución es otra clase de clímax. Y la santidad, otra.
Anaïs Nin
sábado, 30 de enero de 2010
del deseo de un clímax (que puede ser blanco)
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cómo amo a esa mujer!.
ResponderEliminarMe recordaste mi obsesión con ella y sus diarios de hace un par de años...
Quiero-te!.